Por: Yehudá Serrato
En los últimos días de la contienda electoral colombiana hemos presenciado un fenómeno que, aunque no es nuevo, vuelve a demostrar su importancia en la política nacional: la influencia de las comunidades religiosas en la formación de la opinión pública y en la orientación del voto.
Uno de los candidatos que parece haber logrado una mayor conexión con diversos sectores religiosos ha sido Abelardo de la Espriella. Un hecho que llamó la atención fue la invitación que la comunidad judía de Bogotá extendió tanto a Paloma Valencia como a Abelardo de la Espriella para presentar sus propuestas y dialogar con sus miembros. Sin embargo, fue este último quien consiguió generar una mayor identificación entre los asistentes al comprometerse de manera explícita a restablecer las relaciones diplomáticas con el Estado de Israel y a trasladar la embajada colombiana de Tel Aviv a Jerusalén.
Por su parte, Paloma Valencia no asumió un compromiso tan contundente sobre estos asuntos. Además, algunas de sus posiciones públicas relacionadas con el conflicto en Oriente Medio fueron interpretadas por ciertos sectores como más cercanas a la causa palestina. Esta circunstancia habría contribuido a que parte de las comunidades judías y de algunos sectores cristianos proisraelíes orientaran sus simpatías hacia la candidatura de De la Espriella.
Para comprender este fenómeno es necesario analizar el contexto religioso y cultural de Colombia. Se trata de una nación profundamente marcada por la fe y las creencias religiosas, las cuales continúan influyendo de manera significativa en la vida social, cultural y política. Las iglesias cristianas, tanto católicas como evangélicas, poseen una importante capacidad de movilización y liderazgo social, y sus mensajes suelen tener eco entre amplios sectores de la población.
No es la primera vez que esta dinámica se presenta. Durante campañas presidenciales anteriores, diversos candidatos buscaron acercarse a sectores religiosos mediante compromisos relacionados con Israel, la libertad religiosa o la defensa de valores tradicionales. En el caso de Iván Duque, por ejemplo, se habló de la posibilidad de trasladar la embajada colombiana a Jerusalén, una medida que finalmente no se concretó.
El contexto actual también ha contribuido a fortalecer este debate. La decisión del gobierno del presidente Gustavo Petro de romper relaciones diplomáticas con Israel generó una fuerte controversia nacional e internacional. Para algunos sectores religiosos, especialmente aquellos que mantienen una estrecha identificación espiritual y cultural con el pueblo judío y con Israel, estas decisiones representaron un motivo de preocupación y distanciamiento frente al Gobierno.
A ello se suma que numerosas congregaciones cristianas fundamentan su apoyo a Israel en interpretaciones bíblicas, particularmente en el pasaje del Génesis (Bereshit) que señala: “…_Bendeciré a los que te bendigan y maldeciré a los que te maldigan_…” Esta visión ha llevado a que muchas comunidades religiosas consideren el respaldo al Estado de Israel como una expresión de sus convicciones de fe.
Desde esta perspectiva, la presencia de Abelardo de la Espriella en espacios de la comunidad judía puede interpretarse no solo como una estrategia electoral, sino también como una manifestación de afinidad con valores y posiciones compartidas por sectores religiosos relevantes dentro de la sociedad colombiana.
En contraste, dirigentes de la izquierda colombiana, entre ellos Iván Cepeda, han mantenido posturas críticas frente a las políticas del Gobierno israelí y han expresado simpatía por la causa palestina. Aunque estas posiciones forman parte del debate democrático y de la pluralidad política, también han generado reservas en algunos sectores religiosos que consideran a Israel un aliado estratégico y un referente espiritual. Como consecuencia, una parte de estas comunidades ha buscado respaldar candidaturas que defiendan de manera más explícita el fortalecimiento de las relaciones entre Colombia e Israel.
Más allá de las preferencias políticas de cada ciudadano, lo cierto es que el factor religioso continúa desempeñando un papel determinante en las elecciones colombianas. Quienes aspiren a gobernar el país deberán comprender que la fe sigue siendo, para millones de colombianos, un elemento fundamental de su identidad y una variable que influye en la manera como evalúan a sus dirigentes y toman decisiones en las urnas.
Las elecciones de 2026 podrían confirmar, una vez más, que la política colombiana no solo se disputa en las plazas públicas, los debates televisivos o las redes sociales, sino también en los espacios de fe donde millones de ciudadanos construyen su visión del mundo y de la sociedad que desean para el futuro.